Cambio-climático

¿Cuál es el aporte de la siembra directa en la mitigación del cambio climático?

Investigadores de países limítrofes analizaron la incidencia de las emisiones en los distintos tipos de siembra y el control de los gases según los climas y las particularidades del suelo.

Cuándo, dónde y cómo la siembra directa mitiga el cambio climático y mejora la producción de alimentos fue el lema del simposio.

Las disertaciones estuvieron a cargo de referentes sudamericanos que pusieron el foco en el abordaje regional de la problemática y plantearon desafíos comunes.

El primero en tomar la palabra fue Joao Carlos de Moraes Sá, de la Universidad de Ponta Grossa (Brasil), quien abrió con datos concretos. Un escenario global con 13.000 millones de hectáreas (38 por ciento de pasturas, 32 por ciento de bosques, y 30 por ciento urbanas) y 1.400 millones de esas hectáreas en el mundo produciendo lo que consumimos. “El carbono se acumula en la atmósfera, es el crecimiento atmosférico. Entre 1980 y 2016 suman 560 mil millones de toneladas de emisiones fósiles y 148 mil millones de toneladas por el uso de los suelos. El presupuesto total de carbono lo tenemos acumulado en forma orgánica en el suelo por mil millones de toneladas”, precisó.

Moraes Sá mencionó estudios realizados sobre el potencial global para compensar las emisiones de gas de efecto invernadero que pueden reducirse a partir del uso de los suelos. A tal efecto recordó que está vigente un debate en distintos foros sobre la efectividad de la siembra directa (SD) y un especial interés por lo que sucede en nuestra región. “Si leemos los trabajos publicados veremos que hay grupos que cuestionan la efectividad de la SD por la reducción en los rindes, algo que es relativo. También se afirma que aumentan los cultivos de bajo riesgo en lugares secos, y otros informan que es beneficiosa para la calidad del suelo, aunque su rol en la mitigación de problemas está un poco exagerado”, afirmó.

Desde esa disyuntiva, el disertante avanzó en develar qué evidencias existen para afirmar que el carbono del suelo aumenta con la SD.“Habría que tener mucha información sobre los climas, los suelos y sobre cada cultivo para establecer parámetros que permitan medir el éxito en rinde y en su ayuda para mitigación de gases que incidan en el cambio climático. Tenemos un límite de carbono que se puede captar y que muchos especialistas estiman en 52 años”, sostuvo. Como ejemplo de esa relatividad, explicó que aunque se ha demostrado que los impactos en rindes con SD respecto a la labranza son de efecto negativo, todo cambia comparando climas secos y húmedos.

“Ahí el escenario se modifica completamente. En clima seco se puede secuestrar carbono y tener rindes superiores con labranza cero”,dijo, y reflexionó; “Estos datos dejan una interpretación: cuando el ingreso o aporte de carbono a la biomasa es superior al que se saca, el suelo funciona como captor de ese CO2. El suelo puede ser una acumulación, una reserva”. Según dijo, por medio de estudios centrados en el comportamiento del carbono en distintos ambientes climáticos se observaron avances importantes en cobertura permanente sin labranza. A modo de conclusión, sostuvo que el sistema de producción puede adaptarse a distintos ambientes y a la temperatura y calidad del suelo.

Hay contribuciones importantes a la reducción de emisiones mediante el secuestro de carbono en la tierra. El potencial de mitigaciones puede negar las emisiones actuales, y para eso hay que cambiar el foco e incluir mayor diversidad y mayor cantidad de carbono. La adopción de la SD en los 3 pilares basados en la tasa de secuestro de carbono mediante el equilibro es la forma de compensar las emisiones, de reducirlas. La SD es muy eficaz, pero hay que practicarla y adoptarla en la manera de la mayor calidad posible, cerró.

La ingeniera agrónoma Lucia Salvo Albres, de Uruguay, fue la segunda disertante. Representando a Uruguay compartió las experiencias de los estudios de manejo de gases en los distintos métodos de siembra en ese país; es decir, entre el laboreo convencional y la siembra directa, bajo un sistema conservacionista.

Foto: Santiago Galante

“Si vemos que se perdió carbono es porque hubo emisión, y eso es perjudicial”. En SD se ha visto que, en general, aumentan los stocks de carbono en relación al laboreo convencional. En base a experimentos de larga duración en el oeste de ese país se compararon carbonos y se observó que hay pocas pérdidas por erosión. “En Uruguay, entre el 90 por ciento de la pérdida de carbono en siembra tradicional es por erosión”, dijo, y subrayó que el secuestro de carbono depende de factores que pasan por ver desde que suelo partimos, qué tipos de laboreos hacemos y qué secuencias empleamos.

En los estudios realizados en campos uruguayos, al comparar los distintos sistemas promediando las secuencias de trigo-soja y otros de pasturas perennes durante 3 años, se observó que el laboreo convencional emitió más. Cerca de un 18 por ciento que con la SD.

“Bajo SD se presenta un mayor potencial de oxidación de CO2 porque los microorganismos que hacen ese proceso aumentan su cantidad cuando no hay perturbaciones. En un balance de gases se observó un secuestro mayor de carbono en SD“.

No obstante, la especialista apuntó que todos los experimentos realizados cambian según las secuencias, y a modo de ejemplo mencionó que con fertilizantes nitrogenados en maíz cambian notablemente las emisiones. A modo de conclusión, dijo que en Uruguay la agricultura de conservación (SD) tiene potencial para reducir emisiones por el secuestro de carbono, pero todo va a depender de la secuencia y las estrategias de fertilización nitrogenadas. “Uno de los objetivos por las que se extendió la SD en Uruguay es la disminución de los suelos por erosión, que allí es causa principal de pérdida de carbono”, dijo, al tiempo que valoró el aporte que se hace en términos de producción de alimentos cuidando al medioambiente.

A su turno, el histórico investigador del Conicet y del INTA Ernesto Viglizzo, afirmó que es un desafío pendiente trabajar en la promoción de tecnología para la mitigación de gases de efecto invernadero.

“Investigadores que trabajan en este tema entienden que distintos factores influyen en la emisión, como el óxido nitroso y el metano. Estos inventarios de emisiones están en buena medida ignorando el carbono que se secuestra”, afirmó.

Viglizzo recordó que en nuestra región existe suficiente cantidad de biomasa para darle importancia a ese factor y que el secuestro de carbono se considera como algo que está en equilibrio respecto a la emisión, aunque eso no ocurre en igual proporción en un lugar que en otro.

“Por lo tanto, sólo miramos un lado del problema; el cálculo de las emisiones sin considerar el secuestro no sirve de nada. El foco se puso en los inventarios, y eso es un balance imperfecto”, agregó. Para dimensionar la evolución y la localización de las emisiones en una línea de tiempo que abarca desde el año 1880 al 2014, hasta los años 40 el sector de la industria aportaba un 50 por ciento y el resto eran por cambios en la tierra y en los sistemas de producción.

“Desde los años 50 las curvas se empiezan a distanciar y hoy, con la sobrepoblación encontramos que los residuos de industrias emiten más que la deforestación y la producción agrícola. Las tierras rurales tienen gran capacidad de captación de carbono”, afirmó.

Viglizzo comentó que desde Grupos de Países Productores del Sur (entidad en la que trabaja) accedieron a datos que dan cuenta de las proporciones de las principales fuentes de emisión en los países del Mercosur: “Se observa que la deforestación y la quema, de las emisiones totales aportan un 16 por ciento, que otro 23 lo emiten el ganado bovino y ovino, y que la tercera fuente son los cultivos anuales con un 12 por ciento”, enumeró.

Al respecto, reflexionó sobre la importancia que tiene aprovechar que Argentina será sede de la próxima cumbre del G-20 ya que los ministros de finanzas del esos países desarrollados o en vías de desarrollo propusieron penalizar con impuestos la emisión y destinar recursos a otros sectores como las telecomunicaciones, de energía, del agua, pero omitiendo a la agricultura. “El enfoque dominante en las políticas de mitigación apuntan al efecto invernadero, ignorando la capacidad del campo de secuestrar carbono. Si sólo miden el impacto por las emisiones y no por su captación, desfavorecen a nuestro sector. Estamos ante una amenaza pero también ante una oportunidad para hacer un planteo conjunto de los países del Mercosur”, concluyó.

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