EL CAMPO ARGENTINO FRENTE A UNA NUEVA ENCRUCIJADA: PRODUCIR MÁS NO ALCANZA SI NO HAY POLÍTICAS QUE ACOMPAÑEN

Por Nicolás Mario Tambascia

Editorial | Informe Agropecuario Digital

El cierre de octubre vuelve a poner sobre la mesa una discusión que atraviesa históricamente a la Argentina: ¿qué lugar ocupa realmente el campo en el proyecto económico del país?

Los números de los mercados agropecuarios muestran una realidad de contrastes. Mientras la ganadería recupera valores ante una menor oferta de animales en Cañuelas, los granos enfrentan presiones internacionales que condicionan las cotizaciones. Detrás de cada movimiento comercial hay productores que deben tomar decisiones, afrontar costos crecientes y calcular permanentemente si los números de sus establecimientos permiten seguir produciendo.

Pero el debate no debería limitarse a cuánto vale una tonelada de soja, un kilo de novillo o una carga de trigo. La verdadera discusión es qué condiciones ofrece la Argentina para que quienes producen puedan invertir, crecer y generar trabajo.

El campo no puede ser considerado únicamente una fuente de recaudación o de generación de divisas. Es una actividad económica estratégica que sostiene pueblos, ciudades, industrias, comercios, transportistas y miles de puestos de trabajo.

Durante años, la relación entre el Estado y el sector agropecuario estuvo atravesada por discusiones sobre retenciones, presión impositiva, restricciones comerciales, tipo de cambio y reglas de juego. Los cambios de gobierno modificaron discursos y herramientas económicas, pero una cuestión continúa pendiente: construir una política agropecuaria de largo plazo que trascienda las administraciones de turno.

La producción necesita algo más que buenos precios

La recuperación de algunos indicadores ganaderos y las oportunidades comerciales que ofrece el mercado internacional de granos representan señales importantes. Sin embargo, no garantizan por sí mismas la rentabilidad del productor.

La competitividad también depende de la infraestructura, los costos logísticos, el acceso al crédito, la estabilidad económica y la previsibilidad normativa.

No resulta suficiente reclamarle al campo que produzca más, exporte más y genere más dólares si al mismo tiempo no se resuelven las dificultades estructurales que enfrenta la actividad.

La política tiene una responsabilidad concreta: generar condiciones para que la inversión encuentre un horizonte razonable y para que el esfuerzo productivo no quede condicionado por decisiones que cambian permanentemente.

Puerto Quequén: el desarrollo comienza mucho antes del embarque

En el sudeste bonaerense, esta discusión adquiere una dimensión particular. Puerto Quequén es una de las principales puertas de salida de la producción regional y un motor económico para Necochea, Quequén y las localidades de su zona de influencia.

Cada barco que completa su carga representa mucho más que una operación comercial. Detrás están los productores, los contratistas rurales, los camioneros, los acopiadores, los trabajadores portuarios, las cooperativas y toda una red de actividades que depende del movimiento agroexportador.

Por eso, hablar de competitividad portuaria también significa hablar de caminos rurales, rutas, mantenimiento de infraestructura, inversiones y planificación.

No puede pretenderse una Argentina exportadora sin atender las condiciones que permiten trasladar la producción desde los establecimientos rurales hasta las terminales portuarias.

Una discusión política que no admite postergaciones

La Argentina necesita definir qué modelo de desarrollo quiere para su sector agropecuario. No se trata de plantear una confrontación permanente entre el campo y el Estado, sino de establecer una relación basada en reglas claras, responsabilidades compartidas y objetivos de crecimiento.

El Estado necesita recursos para cumplir sus funciones, pero también debe comprender que la actividad productiva requiere márgenes para reinvertir, incorporar tecnología y generar empleo.

El productor, por su parte, necesita previsibilidad para planificar más allá de una campaña. Las decisiones de inversión en agricultura y ganadería no se toman de un día para otro: requieren capital, tiempo y confianza en las condiciones futuras.

La discusión sobre retenciones, impuestos, infraestructura y políticas de exportación debería formar parte de una estrategia integral y no convertirse en una sucesión de medidas coyunturales.

El desafío de transformar el potencial en desarrollo

La Argentina tiene tierra, conocimiento, capacidad empresarial, tecnología y mercados internacionales. Sin embargo, ese potencial necesita una política que articule los intereses de la producción, la industria, el comercio y el Estado.

El cierre de octubre deja una nueva oportunidad para reflexionar sobre esta realidad. Los precios pueden subir o bajar, los mercados internacionales pueden cambiar y las condiciones comerciales pueden modificarse, pero existe una certeza: sin producción no hay desarrollo sostenible.

El campo no pide privilegios. Necesita reglas previsibles, infraestructura, condiciones competitivas y una política económica que reconozca su aporte al crecimiento nacional.

Porque detrás de cada hectárea sembrada, de cada animal criado y de cada tonelada embarcada hay trabajo argentino. Y ese trabajo merece ser acompañado por una estrategia de país que no se agote en los números de una campaña ni en las necesidades fiscales de un gobierno.

La Argentina tiene una oportunidad enorme. La cuestión de fondo es si la dirigencia política estará dispuesta a convertir ese potencial productivo en un verdadero proyecto de desarrollo nacional.

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