La ganadería argentina comienza a evidenciar cambios en su estructura productiva, con una menor participación de hembras en los frigoríficos y un incremento del peso promedio de los animales enviados a faena. Sin embargo, la producción de novillos sigue siendo una asignatura pendiente: los machos apenas representan el 7,8% del total faenado.
La ganadería argentina comienza a transitar una etapa de transformación que podría marcar un cambio en la dinámica productiva del sector. Los indicadores de faena muestran señales de retención de vientres y una tendencia hacia la producción de animales más pesados, aunque todavía está lejos de consolidarse una mayor disponibilidad de novillos terminados.
De acuerdo con las estadísticas oficiales, durante los primeros diez meses del año se faenaron aproximadamente 780.000 novillos, una cifra que representó apenas el 7,8% del total de animales enviados a los frigoríficos. Se trata de una participación similar a la registrada en 2020, lo que demuestra que, pese a los avances en materia de kilos producidos, la estructura de la oferta continúa mostrando una marcada escasez de machos pesados.
Uno de los datos positivos aparece en el peso promedio de los animales faenados. Durante los últimos dos meses, el promedio alcanzó los 247 kilos por cabeza, lo que representa un incremento del 7% respecto del promedio registrado durante el año pasado.
Este comportamiento refleja un proceso de intensificación y transformación de los sistemas de recría y engorde, con una mayor incorporación de kilos antes de que los animales lleguen a los establecimientos frigoríficos.
Los feedlots mantienen elevados niveles de encierre
En este escenario, los corrales de engorde cumplen un papel central. Según los registros del SENASA, los feedlots cuentan con aproximadamente 2,06 millones de vacunos encerrados, un volumen elevado para esta época del año.
La dinámica de los últimos ciclos muestra que durante el primer semestre los establecimientos de engorde suelen incrementar sus encierres para luego volcar esa hacienda al mercado durante la segunda mitad del año. Sin embargo, en el presente ciclo los corrales continúan mostrando importantes existencias, por lo que una parte de esa oferta podría comenzar a manifestarse con mayor intensidad hacia el cierre del año.
Detrás de esta estrategia aparece una cuestión económica determinante: la necesidad de agregar kilos para compensar el elevado diferencial entre el valor de compra de la invernada y el precio de venta de los animales terminados.
Durante la zafra, los terneros se comercializaron en valores de entre $6.800 y $7.300 por kilo vivo, mientras que el ganado destinado a faena se ubicó en torno de los $4.800. Esta diferencia representa una brecha cercana al 40%, aunque los cálculos de la Cámara Argentina de Feedlot señalaron que en determinados momentos llegó a alcanzar el 50%.
En esas condiciones, prolongar los ciclos de engorde y obtener animales con mayor peso se convierte en una herramienta fundamental para mejorar los resultados económicos de los establecimientos.
Menor participación de hembras y señales de retención
Otro indicador relevante aparece en la composición de la faena. La participación de vacas y vaquillonas viene mostrando una reducción significativa.
Según las estadísticas de la Secretaría de Agricultura, durante octubre ambas categorías representaron el 43,6% del total faenado, una proporción considerablemente inferior al 50% que llegó a registrarse en otros períodos.
Esta disminución constituye una señal favorable desde la perspectiva de la recuperación del rodeo reproductivo y podría estar anticipando una mayor retención de vientres.
Entre los factores que explican este comportamiento se encuentra la buena rentabilidad que obtuvieron los productores criadores durante el último ciclo. Los valores alcanzados por los terneros permitieron mejorar los ingresos de los establecimientos de cría y redujeron la necesidad de desprenderse de otras categorías para afrontar compromisos económicos.
A esto se suma un contexto climático que resultó favorable para la actividad desde el año pasado. Las mejores condiciones de humedad y disponibilidad de pasturas contribuyeron a mejorar los índices reproductivos, favoreciendo mayores niveles de preñez y reduciendo la necesidad de comercializar vacas de rechazo.
El desafío de producir más carne por animal
Los indicadores comienzan a mostrar una ganadería que intenta modificar su estructura productiva. Menos hembras en los frigoríficos, mayor peso promedio de faena y elevados niveles de encierre son señales que apuntan hacia una producción más eficiente.
Sin embargo, el escaso porcentaje de novillos continúa siendo una de las principales limitaciones. Con apenas el 7,8% de participación sobre la faena total, la Argentina todavía tiene pendiente recuperar una mayor producción de machos pesados, capaces de aportar más kilos de carne por animal.
El desafío no pasa solamente por aumentar el número de cabezas, sino también por consolidar un sistema que permita producir más carne con mejores índices de eficiencia, mayor previsibilidad y condiciones económicas que incentiven las inversiones en genética, alimentación, recría y terminación.
La retención de hembras puede constituir el primer paso hacia una recomposición del stock ganadero. Pero para que ese proceso se traduzca en un crecimiento sostenido de la producción de carne, será necesario que la mejora de la rentabilidad alcance a toda la cadena y permita que el productor encuentre incentivos para invertir y apostar a ciclos productivos más largos.
La ganadería argentina empieza a mostrar algunas señales alentadoras. El verdadero desafío será transformar esos indicadores en una recuperación estructural del rodeo y en una mayor oferta de carne, sin comprometer el capital reproductivo que necesita el país para crecer.











