EDITORIAL | ENTRE EL BARRO Y EL CONFLICTO: LA COSECHA EN JAQUE

EDITORIAL | ENTRE EL BARRO Y EL CONFLICTO: LA COSECHA EN JAQUE

La producción agropecuaria argentina vuelve a quedar atrapada en una encrucijada tan conocida como preocupante: cuando no es la sequía, es el exceso. Y esta vez, el escenario se agrava por un combo explosivo: lluvias extraordinarias y conflicto en las tarifas de los fletes. El resultado es una cadena productiva tensionada, con demoras, incertidumbre y riesgos crecientes.

Las precipitaciones que ya superan ampliamente los valores normales para abril no sólo complican la logística: directamente paralizan la cosecha “tranqueras adentro”. Los números hablan por sí solos. La soja de primera apenas alcanza un 2,4% de avance a nivel nacional, un dato que refleja un atraso marcado en regiones clave como el sur de Córdoba, el norte de La Pampa y el oeste bonaerense. No es un detalle menor: se trata del corazón productivo del país.

El panorama se vuelve aún más delicado si se considera que esta misma soja, golpeada por la sequía en enero, ahora enfrenta el efecto inverso. Exceso de agua, rebrotes, plantas con vainas verdes y secas al mismo tiempo, y el fantasma de la pérdida de calidad empiezan a instalarse como una amenaza concreta. No hay, por ahora, recortes en las proyecciones, pero sí una creciente incertidumbre.

En paralelo, el girasol —con más del 80% recolectado— pierde ritmo por la falta de piso, mientras que el maíz temprano avanza con dificultad, condicionado por suelos saturados, vuelco de plantas y riesgo de caída de espigas en zonas puntuales. Aun así, las estimaciones productivas se sostienen, lo que demuestra que el problema no es tanto la cantidad, sino el “cómo” y el “cuándo” se podrá cosechar.

Pero el campo no funciona en aislamiento. A este cuadro climático adverso se le suma el conflicto por las tarifas de los fletes, que ya genera fricciones en la cadena comercial. La combinación es peligrosa: granos que no pueden levantarse o trasladarse, caminos rurales deteriorados y una logística que empieza a crujir. El riesgo no es sólo productivo, sino también económico, con impacto directo en la cadena de pagos y en las economías regionales.

Los más de 180 milímetros acumulados en algunas zonas y los pronósticos que anticipan nuevas lluvias no hacen más que profundizar la preocupación. Abril se perfila como un mes extraordinariamente húmedo, y aunque no se esperan heladas, el alivio climático será apenas transitorio.

La pregunta de fondo es inevitable: ¿está el sistema preparado para responder a estos eventos cada vez más extremos? La reiteración de crisis —por sequía primero, por inundaciones después— expone una vulnerabilidad estructural que va más allá del clima. Infraestructura deficiente, caminos rurales en mal estado y una logística dependiente de factores externos siguen siendo asignaturas pendientes.

Mientras tanto, el campo espera. Espera que drene el agua, que mejore el piso, que se destraben los conflictos. Pero sobre todo, espera respuestas. Porque una vez más, la producción está lista… y el país no termina de estarlo.

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