Editorial | El falso debate del metano y el impuesto imposible
A días de dejar su banca, la diputada bonaerense de Unión por la Patria, Lucía Lorena Klug, presentó un proyecto que propone crear una “Tasa Ambiental sobre el Metano” dirigida a establecimientos ganaderos de la provincia. La iniciativa, que nació sin discusión técnica y sin consulta al sector, encendió rápidamente el rechazo del entramado productivo. No era para menos: se trata de un nuevo impuesto en una actividad que ya enfrenta una de las presiones fiscales más altas del país.
La polémica creció cuando Juan Grabois decidió intervenir con una dura crítica al sector ganadero. Afirmó que “en el país de las vacas, los pibes no toman leche” y que “la oligarquía vende todo afuera mientras la contaminación queda acá”. Sin embargo, el propio comportamiento del mercado desarma esa afirmación: solo el 26,8% de la carne producida entre enero y octubre de 2025 se exportó, con 708.050 toneladas sobre un total de 2,63 millones de toneladas res con hueso. Es decir, casi tres cuartas partes de la producción quedaron en el mercado interno. Muy lejos de “vender todo afuera”.
Tampoco es cierto que los argentinos se alejen cada vez más del consumo de proteínas por culpa de la ganadería. Si se analiza el consumo total de proteínas cárnicas –bovina, porcina y aviar–, la serie muestra que 2025 experimentó una recuperación respecto de 2024, superando incluso los registros de 2020, 2021 y 2022. El retroceso de hábitos no proviene del campo, sino del deterioro económico acumulado.
El metano, el IPCC y un debate científico manipulado
Grabois intentó además justificar la tasa apoyándose en el impacto ambiental del metano emitido por la ganadería, equiparándolo al CO₂. Pero esta comparación, instalada por razones políticas más que científicas, omite un punto esencial:
el metano del ganado forma parte del ciclo del carbono biogénico, un proceso natural que se renueva constantemente.
El IPCC determina que una molécula de metano equivale a 28 de CO₂. Sin embargo, la evidencia científica más reciente matiza ese enfoque:
- El metano permanece en la atmósfera apenas 10 a 12 años.
- Proviene de ciclos naturales que se renuevan.
- Se degrada a CO₂ que luego es absorbido nuevamente por plantas y suelos a través de la fotosíntesis.
No es un gas acumulativo como el CO₂ fósil, que permanece en la atmósfera durante siglos y constituye el verdadero motor del calentamiento global antropogénico.
Paradójicamente, en su crítica ambientalista, Grabois mencionó a los humedales, que son la mayor fuente natural de metano del planeta, por encima incluso de la ganadería. Si la diputada Klug desconocía este punto, puede que su proyecto haya quedado incompleto desde el nacimiento.
El verdadero problema: más impuestos, menos producción
El discurso de que “la tierra maravillosa será para que todos coman” contrasta con la receta elegida: crear un nuevo tributo. En los países desarrollados –esos que suelen mencionarse como ejemplo– la producción de alimentos se sostiene con subsidios, créditos blandos, asistencia tecnológica y estímulos a la inversión.
Acá sucede lo contrario:
- Se crean impuestos a la producción.
- Se castiga al que genera empleo.
- Se penaliza al que invierte.
Pretender mejorar el acceso a los alimentos con más presión fiscal sobre quienes los producen no solo es contradictorio; es directamente improductivo. La experiencia argentina es contundente: cada impuesto nuevo genera menos oferta, no más.
Si de verdad se busca que todos los argentinos “tengan la comida que necesitan”, la solución no pasa por crear tasas ambientales improvisadas, sino por desarmar el entramado de impuestos distorsivos que encarecen la producción y la vuelven menos competitiva.
Conclusión
El proyecto de Klug es un ejemplo de lo que ocurre cuando la política decide intervenir en la producción sin comprenderla. El debate ambiental debe darse, claro que sí, pero con rigor científico, políticas serias y objetivos reales. No con slogans, ni con tributos que apuntan al sector equivocado.
En una provincia que necesita más empleo, más inversión y más producción, el camino nunca será cargar de impuestos al motor productivo más importante que tiene: el campo.
