Editorial | Retenciones, previsibilidad y una oportunidad que no puede diluirse
La reducción permanente de los Derechos de Exportación sobre cereales, oleaginosas, aceites y subproductos llegó en un momento crítico. Durante buena parte de 2025, la falta de previsibilidad fue la constante, con cambios impositivos sucesivos y un punto máximo de confusión en septiembre, cuando se anunció un efímero esquema de “retenciones cero”. En ese contexto, la medida buscó enviar una señal clara al mercado.
La respuesta inicial fue contundente: en apenas tres días, los agroexportadores liquidaron USD 7.108 millones. Sin embargo, el impulso duró poco. Octubre cerró con USD 1.117 millones y noviembre apenas alcanzó los USD 760 millones, uno de los registros más bajos de los últimos cinco años. La pregunta que atraviesa al sector es inevitable: ¿la baja de retenciones respondió a una estrategia de largo plazo o a la urgencia de reforzar el ingreso de dólares ante un diciembre que se proyectaba aún más débil?
El contexto externo tampoco ayuda. El Informe Diario del Mercado de Granos del 12 de diciembre mostró caídas generalizadas en Chicago, presionadas por una oferta global récord y una demanda china más lenta de lo esperado. La soja cerró en USD 396 por tonelada, acumulando dos semanas consecutivas de bajas. A esto se suma la última estimación de CONAB, que proyecta para Brasil una producción de 177 millones de toneladas, consolidando su rol dominante y ampliando la brecha con la Argentina.
En este escenario, el problema argentino es claramente estructural. La pérdida de competitividad del complejo sojero no es nueva. La reducción del 2% en las retenciones al complejo soja es valorada como un gesto político, pero resulta insuficiente para revertir una década de retroceso. En 2015 se sembraban 20,2 millones de hectáreas; en 2025 serán apenas 17,2 millones. Tres millones de hectáreas menos que impactan de lleno en el sector más dinámico de la agroindustria nacional. La política fiscal aplicada durante años no solo frenó la producción primaria, sino que erosionó la competitividad de la industria aceitera, históricamente considerada la más eficiente del mundo.
Mientras tanto, Brasil avanza sin pausa. Amplía su capacidad exportadora de harina y aceite de soja y pone en jaque un liderazgo argentino construido durante décadas. Si la tendencia continúa, el país vecino está en condiciones de superarlo en el corto plazo. No se trata solo del mérito brasileño, sino también del costo de una política local persistente, percibida por el sector como anti-producción y anti-industrialización, que elevó la capacidad ociosa, desalentó inversiones y redujo el margen para agregar valor.
La baja de retenciones puede ser una herramienta útil para mejorar la previsibilidad y alentar una mayor liquidación, pero difícilmente resuelva por sí sola los desafíos de fondo: infraestructura insuficiente, brecha cambiaria, menor inversión tecnológica, exigencias crecientes en trazabilidad y huella de carbono, y un Mercosur donde Brasil juega con reglas más claras y estables. El diagnóstico del sector es tan simple como contundente: sin reglas estables no hay siembra; sin siembra no hay industria; sin industria no hay dólares.
En un mercado global de precios planchados y márgenes cada vez más ajustados, la Argentina necesita algo más que medidas tácticas. Requiere un rumbo que combine una política fiscal previsible, incentivos a la producción, inversión en logística y una estrategia clara para recuperar el terreno perdido en el mapa sojero mundial. El potencial sigue intacto. La incógnita es cuánto tiempo más puede el país darse el lujo de postergar su puesta en marcha.
